36 horas enterrado bajo la nieve del Everest


Más de 40 cadáveres siembran los últimos 800 metros de la cara norte del Everest. Azotados por una ventisca perpetua que los mantiene siempre visibles al sempiterno escalador.  Beck Weathers, un adiestrado alpinista norteamericano, compartió postura y convivió con todos ellos mientras esperaba en coma su muerte durante la primavera de 1996. Con sólo la cara y una mano al descubierto permaneció hundido e inconsciente bajo la nieve más de 30 horas antes de que su cerebro inexplicablemente decidiera salvarle.

Espectacular atardecer en el Monte Everest (8.850 msnm) desde Kala Pattar. Fuente

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Beck Weathers perteneció a la infausta expedición protagonista del “Desastre del 96“. El año más mortífero de la historia en el Everest, con 15 fallecidos; 9 de ellos tras una repentina y extraña ventisca a escasos metros de la cumbre.

“Al principio creí que se trataba de un sueño, cuando volví en mí, pensé que estaba en la cama. No sentía frío ni nada. Me puse de lado, abrí los ojos y vi la mano derecha delante de mi cara. Entonces reparé en lo congelada que estaba y eso me ayudó a reaccionar. Al final, desperté lo suficiente como para darme cuenta de que estaba hecho una mierda y de que la caballería no vendría a salvarme, de modo que tenía que espabilarme por mí mismo” Beck Weathers

La historia de su segundo nacimiento está llena de hechos tan increíbles como inexplicables. Un equipo de especialistas de la National Geographic comandados por el Doctor Ken Kamler acompañaron a la aciaga expedición de Beck para investigar sobre el movimiento de las placas tectónicas y dar fe científica de todo lo acontecido. El mismo equipo que dio por muerto -hasta tres veces- al pobre Beck.

Beck Weathers, de 49 años, tenía 10 años de experiencia en alta montaña cuando se embarcó en el difícil ascenso del Everest. No sin antes pasar varios meses de durísimo entrenamiento coronando seis de las siete cumbres más altas del planeta. Estaba preparado. Un año antes, incluso, se había operado los ojos para corregir su miopía y encarar con mejor visión el desafío, en lo que sería la decisión desencadenante de su desgracia.

10 de Mayo. Cuando todos los escaladores llegaron al borde sudoeste, pasado el campamento IV y a escasos 450 metros de la cumbre; una descomunal tormenta no prevista les sorprende en la última cuerda montañosa. Y digo cuerda montañosa porque en esa arista, un puente de 300 metros que conduce a la cima, nadie va atado; no hay cuerdas entre los alpinistas porque hacia cualquier lado la pendiente es tan vertical que si te atas a alguien, le arrastras contigo en caso de caída. A la izquierda 2.500 metros antes de aterrizar en Nepal; a la derecha 3.600 metros antes de dar con tus huesos en el Tibet.

Primeros auxilios de Beck a la llegada al campo III. Fuente

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En esa tesitura, a una temperatura de -50 grados centígrados, con vientos de 90 kilómetros por hora y en el apogeo del derroche láctico; los alpinistas empezaron a colapsar con el último martillazo de la naturaleza; entregándose al destino e hincando las rodillas a escasos metros de su objetivo. En ese momento había 20 escaladores y un parte de tiempo equivocado en los últimos 600 metros de ascensión. El drama acababa de comenzar.

Rob Hall daba el parte por radio al campamento III de la cabecera de la expedición a escasos metros de la cima. Su compañero Doug Hansen estaba exhausto y no podía ni continuar ni bajar. Se quedaría con él a esperar los refuerzos. También informó que Beck Weathers, nuestro protagonista, había colapsado durante la tormenta y yacía muerto en la nieve una decena de metros más abajo. Desde el campamento conminaron a Rob a que abandonase a Doug para poder salvar su vida. Rob contestó:

“Imposible. Ambos estamos escuchando…”

Rob firmo con serena lealtad su sentencia de muerte no sin antes pedir al campo III que le pusieran en contacto -via satélite- con su mujer, embarazada de siete meses, en Nueva Zelanda; de la que se despidió en la más absoluta soledad después de decidir el nombre de su futuro hijo.

Desde el campo III salió un equipo de rescate hacia la arista. Todd Burleson y Peter Athans, ayudantes del médico de la expedicion, arriesgaron sus vidas en la imposible tormenta para salvar otras, quizás las menos. Al llegar al caos conminaron a los más fuertes a bajar hasta el Campo III, a 7.310 metros y estabilizaron a los colapsados en espera de imposibles. No encontraron a Beck Weathers.

Los compañeros le buscaron durante todo el día para certificar la muerte antes anunciada, pero la ventisca hacía imposible ver mas allá de un par de metros. Además el propio Beck, como contaría más tarde, se había desviado unos metros de la cuerda a causa de la ceguera que le estaba provocando la congelación de sus globos oculares. Las cicatrices de su antigua operación habían reventado por el frío y su visión antes de desvanecerse era prácticamente nula. Beck decidió antes de ‘doblar la rodilla’ resguardarse del fuerte viento en un recoveco de nieve para esperar la bajada de sus compañeros. Se barruntaba el fin.

Aspecto que presentaba el rostro de Beck unas horas y unas semanas después. Fuente, 2

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El día 11 de mayo. 24 horas después de su desmayo. El equipo encontró el cuerpo de Beck Weathers, al lado del cadáver de la japonesa Yasuko Namba y cubierto completamente de hielo excepto media cara y la mano derecha que se erguía como un palo, congelada con los dedos abiertos y por encima de la nieve, como saludando. Comprobaron con dificultad que aún respiraba débilmente desde el coma y decidieron, ante la imposibilidad de efectuar un traslado imposible, certificar su segunda ‘muerte’. Al fin y al cabo nadie había despertado nunca en la montaña de un coma hipotérmico.

Lo que ocurrió a partir de ese momento es un completo misterio para la ciencia. El Doctor Ken Kamler construyó y explicó su particular teoría para luego pasearla en infinidad de conferencias y TED talks de turno. Beck permaneció 30 horas en un estado catatónico. El oía a sus compañeros pasar y decir “está muerto” pero no podía ni moverse ni parpadear cuando marchaban. El cerebro del alpinista había revertido una hipotermia irreversible. ¿Cómo lo hizo? Según las especulaciones del doctor Ken el lóbulo temporal, en lo más profundo del cerebro y encargado de guardar los recuerdos; fue el último en abordar la hipotermia. Becks consiguió despertar porque los fuertes recuerdos de su familia mantuvieron la glucosa y la energía en la parte del cerebro donde también radica la voluntad: Las circunvoluciones del cuerpo calloso.

Simulación de un ‘SPECT‘ del cerebro de Becks en las cuatro fases de su agonía: 1.- Escaner en estado normal. Flujo distribuido. 2.- Lóbulos frontales con mayor flujo. Se pone atención en los músculos. Apenas hay actividad en el centro o de ‘recuerdos’. 3.- Flujo desaparece. Casi no hay actividad. 4.- La parte central o de recuerdos se ilumina de nuevo, al pensar en su familia.

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36 horas después del inicio de la gran ventisca Beck apareció tambaleándose como una momia en la tienda médica del campo III:

Hola Ken… ¿Dónde me puedo sentar? […]  ¿Aceptas mi seguro de salud?

El primer chequeo fue desolador. Tras su aparente lucidez se escondía un cuerpo congelado y rígido. La mano derecha era una piedra y en la cara asomaba ya la necrosis negra del tejido muerto. Los primeros tratamientos iban encaminados a paliar el dolor que despierta el calor del cobijo. Beck fue reservado en una de las carpas mientras atendían al resto de pacientes no desahuciados.

Durante esa noche, la ventisca destrozó la tienda donde estaba en solitario el alpinista y parte del nylon cayó sobre su cabeza, asfixiándole mientras le dejaba a la intemperie. Inmóvil pasó la noche entre gritos estériles y estertores de frío infinito. Cuando el equipo despertó y vieron el panorama pensaron en el desenlace fatal pero Becks… había vuelto a conseguirlo por tercera vez.

Detalle del rescate con helicóptero y del Doctor Ken practicando una de las curas. Fuente

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Con una camilla de sogas sus compañeros consiguieron evacuarlo al campo base, a 6.500 metros. Un helicóptero lo trasladaría, desde allí a un hospital en lo que se considera el rescate a mayor altura que ha hecho nunca una aeronave de esas características. Beck Weathers pasó hasta 10 veces por el quirófano durante su larguísima convalecencia. Le amputaron el brazo derecho a la altura del codo y los dedos de la mano izquierda y de los pies. También le reconstruyeron la nariz con trozos de piel de las piernas. Nunca más volvió a la montaña.

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Fuentes y enlaces

La historia la encontré repasando la imprescindible lista de Ted talks. No perderse la charla del Doctor Ken Kamler contando su experiencia (subtítulos en castellano). Hay mucha información del desastre de 1996 pero menos sobre la aventura de  Beck Weathers, quizás porque ya se preocupó él de guardárselas para sus memorias o alguna de sus últimas conferencias. Podéis encontrar algunas fuentes más aquí, aquí, aquí y aquí .

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-Cuando abandonar a tu hijo en la nieve es la única opción de supervivencia

-El alpinista que descendió reptando y con los tobillos rotos “El Ogro” en el Karakórum

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Cuando abandonar a tu hijo en la nieve es la única opción de supervivencia.


Imagina que llevas 8 días atrapado en la nieve a 2.000 metros junto a tu hijo de 10 años con lo puesto, sin comida, sin mapas ni brújula, sin posibilidad de hacer fuego y con el núcleo poblado más cercano a 50 kilómetros. Imagina que lo que fue un error en el descenso por una peligrosa pista de esquí se convierte en pesadilla. Imagina que los equipos de búsqueda ya te han dado por muerto ¿Qué harías? ¿Te quedarías con tu hijo para protegerlo? ¿Saldrías en solitario a intentar buscar ayuda? Mike Couillard tomó la decisión más difícil de su vida.

Vista desde lo alto de la estación de Kartalkaya. Fuente

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El 15 de enero de 1995, el Teniente Coronel de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, Mike Couillard y sus hijos Matt y Mark se encontraban esquiando en la conocida estación de Kartalkaya, en las montañas turcas de Koroglu. A punto de caer el sol, Mike y su hijo pequeño Matt deciden subir una vez más a lo alto de la estación para hacer un último descenso rápido y arriesgado. Ya en la cima, a más de 2.300 metros, la nieve y la ventisca anticiparon un recorrido más que complicado. Mike y su hijo, avanzados esquiadores, no dudaron en lanzarse al vacío con unos caramelos y grandes dosis de adrenalina como único alimento.

En el trascurso del descenso decidieron aventurarse por una pista natural paralela a la habitual, teniendo siempre visibles los cables de los remontes como referencia y guía de la bajada. El problema vino con la disminución de la visibilidad por la ventisca creciente y el aumento de la ‘boscosidad’:

“Nos empezamos a meter entre los árboles y a fabricar rutas esquivándolos, yo pensaba que finalmente desaparecerían y encontraríamos el camino de vuelta al otro lado, pero conforme descendíamos  había más y más. Sólo cuando ya no podíamos avanzar me di cuenta del grave problema que teníamos. […] Intentamos subir con los esquís a una pequeña colina para tener visión sobre el Hotel y el Resort. Cuando la alcanzamos no vimos nada. Era como si hubieran desaparecido. Estábamos muy desorientados” Mike Couillard

Cuando quisieron darse cuenta había caído la noche y la fuerte ventisca amenazaba con congelar hasta las ideas. Mike Couillard puso en práctica sus adiestramiento militar y buscó refugio para salvaguardar el calor corporal de su hijo en aquella complicada noche. Afortunadamente encontró dos árboles con grandes raíces abrazando una roca y, ayudándose de ramas, follaje y los esquís, fabricó un pequeño refugio. Allí pasaron tres días de una de las más fortísimas ventiscas que se recuerdan por la zona, abrazados y esperando el -para ellos- evidente rescate.

Mike y su hijo Matt en el hospital de Ankara. Fuente vídeo
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Mike sabía que no se podía comer la nieve directamente para evitar la deshidratación, bajo peligro de hipotermia corporal, por lo que buscó la manera de cogerla y deshacerla con la bota impermeable de esquí de su hijo. No tenían nada más que un paquete de caramelos y un bolígrafo como toda intendencia. No eran fumadores. No llevaban mechero para fabricar un imposible fuego. El tiempo pasaba. De vez en cuando salían emocionados de la cueva en la que se refugiaron a partir del cuarto día, al sonido de algún lejano helicóptero pero sin posibilidad alguna de divisarlo. Cundía la desesperación. Ganaba el frío.

“Cada vez teníamos menos fuerzas. Rezábamos. Gritábamos. Permanecíamos juntos. Decidí entonces empezar a escribir para despedirme de mi mujer”

Mientras, un operativo del gobierno Turco auspiciado y apoyado por los Estados Unidos, organizó una importante batida por la zona. Más de 100 soldados y voluntarios junto a varios helicópteros fueron incapaces de dar con el rastro de los esquiadores. El tiempo no ayudó y al séptimo día se decidió abandonar el rescate hasta primavera para localizar entonces los cuerpos. Les dieron por muertos. La madre de Matt, que se encontraba en Ankara esperando noticias, se ahogaba en la angustia.

“Mi querida esposa: ¿Cómo me duele dejarte atrás. Odio tener que llegar a esa conclusión, pero después de ocho días …. ¡Oh, lo que daría por ver tu cara sonriente y otra vez probar la dulzura de tus labios “. Notas que Mike iba escribiendo a su mujer durante la aventura.

Al octavo día el temporal empezó a amainar lo suficiente como para aventurarse a cierta orientación visual. Las fuerzas de Mike y, sobre todo, las de su hijo Matt flaqueaban y no podían plantearse ningún plan de escape juntos. Mike Couillard decidió tomar acción y subirse a las colinas circundantes para ver si identificaba algún signo de civilización. En una de ellas pareció divisar unas cabañas en la lejanía. No estaba seguro pero era su única señal. En lo que consideró la decisión más difícil de su vida, optó por abandonar a su hijo en el improvisado refugio y tomar el camino a las supuestas cabañas. No había fuerzas para cargar a Matt a la espalda y, esperar con él allí no tenía sentido después de llevar varios días sin oír los helicópteros. Se despojó de su abrigo de esquiar para arropar mejor a su hijo y partió rumbo a la esperanza.

“[…] Matt ha sido un soldado de caballería real. La parte más difícil de todo este suplicio ha sido, sin duda, verle sufrir.  El siempre ha querido transmitirme lo mucho que ama a su familia.” Notas de Mike durante la aventura.

Tardó muchas horas en alcanzar su objetivo visual, fabricando también el rastro para su deseada vuelta. Conforme se acercaba, su alegría por comprobar la realidad de las cabañas se diluía por las evidencia de sus infinitas preguntas: ¿Por qué no sale humo de sus chimeneas? ¿Habrá alguien viviendo allí? ¿Estarán abandonadas? Cuando llegó -exhausto- comprobó que estaban todas cerradas y vacías. Nueva desesperación.

Mike y su hijo Matt poco después de ser rescatados. Fuente vídeo

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Decidió permanecer allí esa noche lamentándose por haber abandonado a su hijo allá arriba y descansando para intentar afrontar con lucidez cualquier posible y difícil decisión. En realidad se estaba abandonando al destino de sus sueños ¿Qué más puedo hacer? A la mañana siguiente, una furgoneta de leñadores turcos apareció en las cabañas para abastecerse de leña. Mike estaba, ahora si, ante el mejor de sus sueños.

El 24 de enero de 1995, el departamento de defensa de los Estados Unidos ponía un final feliz a la historia con  el siguiente comunicado. Mike Couillard y su hijo Matt eran rescatados sanos y salvos.

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Fuentes y enlaces.

La historia es uno de los capítulos más interesante de la serie de Discovery Channel “I shouldn’t be alive”. Basada en casos reales de grandes historias de supervivencia. La ministra Sinde y todos vosotros podéis encontrar el vídeo del capítulo completo y a un sólo click aquí. Armaros de paciencia hasta que cargue la caché, de verdad que merece la pena verlo completo. Más fuentes al servicio de documentación de esta historia aquí, aquí, y en el libro que escribió el propio Mike Couillard para contar la increíble historia: “Miracle on the Mountain”

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