Nunca dejes al alcance de un chatarrero el viejo equipo de radioterapia

Agosto 10, 2010

Leide das Neves Ferreira es, probablemente, la única niña de la historia que se ha merendado un bocadillo de Cesio 137. Fascinada por el polvo azul luminiscente, untó además todo su cuerpo con el elemento radiactivo en presencia de su madre y poco después de que su padre comprase el polvo mágico a unos conocidos chatarreros. Leide y familiares descansan hoy en ataúdes de plomo tras morir y desencadenar un caos monumental en la ciudad brasileña de Goiania. La revista Time calificó el incidente nuclear como uno de los peores de la historia.

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Leide das Neves Ferreira al lado de una de las máquinas como la desguazada. Fuente, 2

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El 13 de septiembre de 1987, Roberto dos Santos Alves y Wagner Mota Pereira, dos chatarreros a tiempo parcial de la ciudad brasileña, entraron en el edificio abandonado del Instituto de Radioterapia de Goiania, buscando morralla y metal para vender a buen precio. Con una de sus viejas carretillas consiguieron recopilar más de 600 kg de plomo y acero; fundamentalmente extraídos de una de las máquinas de teleterapia de la clínica, que también se llevaron. Sin saberlo estaban desmembrando un peligroso equipo radiológico cargado de cloruro de cesio.

Mano de uno de los chatarreros afectados con un de las irradiaciones de la cápsula. Fuente (pdf)

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Los chatarreros empujaron la pesada carretilla hasta la casa de Santos Alves, y así poder desmenuzar con tiempo su botín. Nada hacía presagiar a los incautos que esos 600 metros de recorrido iban a ser levantados —literalmente— por decenas de excavadoras unas semanas más tarde, para filtrar y limpiar hasta el último gramo de tierra contaminada.

Una vez allí y a golpe de martillo, fragmentaron todo el equipamiento para poder clasificar el material. Un pequeño cilindro —del tamaño de un dedal— se desprendió de la máquina. Era la cápsula del componente radiactivo. Un robusto tubo de plomo y acero que contenía la fuente. Ésta giraba libremente dentro del dedal y sólo irradiaba y emitía luz cuando coincidía con una pequeña ventana de iridio del cerramiento exterior. Un pequeño farol ‘eterno’ a modo de juguete divertido y peligroso.

Zona Cero y procesos de descontaminación. Fuente (pdf)

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Ambos intentaron abrir el cilindro para sacar lo que creían eran unos gramos de pólvora antes de desistir y vendérselo a su compañero y tío de la niña. Esto les salvó la vida. Devair Alves Ferreira consiguió romper la cobertura de la cápsula para sacar el polvo azul. Tenía una idea en la cabeza. Intentar fabricar el anillo más fascinante y mágico que nunca habría visto su mujer. Convocó a todo el vecindario para jugar y tocar la piedra y los polvos fluorescentes que de ella se desprendían. El padre de Leide se tatuó una cruz en el abdomen con la piedra. Otros se maquillaron la cara con pinturas luminosas ‘de guerra’ o esparcieron el polvo por los corrales para el jolgorio animal. Su sobrina jugó con los polvos mientras merendaba su bocadillo, aquella fatídica noche…

Dos días después comenzaron los problemas. Los dos chatarreros empezaron a vomitar cruelmente entre estertores febriles, achacando los síntomas a una mala digestión. Acabaron en el hospital en la sección de enfermedades tropicales. Pronto se dieron cuenta en el barrio que algo no funcionaba. Más de 600 personas estuvieron en contacto directo con el cesio antes de que la tía de Leide barruntara una relación directa entre la piedra mágica y los cuerpos hinchados y literalmente llenos de quemaduras de sus amigos y familiares.

Imagen del cementerio nuclear de Goiania con los contenedores de material contaminado. Fuente

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Dentro de la funesta cadena de determinaciones erróneas, la señora Gabriela Maria Ferreira decidió llevar la piedra para que la examinara la máxima autoridad sanitaria de su barrio: el veterinario. Ante las sospechas, éste decidió aconsejar que se trasladara con la piedrecita y sus polvitos al hospital de la ciudad. Gabriela metió el cesio en una bolsita de plástico y cogió un abarrotado autobús de línea hasta el hospital municipal. Todo este operativo sería más tarde imitado y ensayado por las autoridades en el estadio olímpico de la Goianía para intentar establecer un protocolo de aislamiento de los contaminados y estudiar el recorrido de la sustancia en su fatal viaje. Allí acudieron cientos de personas para ducharse y descontaminarse.

Al llegar al hospital, la señora Gabriela soltó encima de la mesa del doctor Paulo Roberto Monteiro el Cesio 137. Paulo sospechó su procedencia y lo llevó inmediatamente metido en un saco a una zona sin gente, dejándolo todo en una silla en el centro del patio trasero. Una vez identificado se evacuó el hospital y se procedió a su retirada. Para ello una grúa descolgó una tubería gigante sobre la silla y los restos radiactivos. Luego se derramó una tonelada de hormigón sobre el conjunto para poder extraerlo completo y de una sola pieza. Gabriela falleció en ese mismo hospital el 23 de octubre.

Restos del Cesio 137 y la cápsula de iridio sobre la silla del Hospital Municipal. Fuente

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Inicialmente murieron cuatro personas por síndrome de radiación aguda, y otras cuatro en los siguientes cuatro años. 5000 personas vivían en el área de riesgo, pero el operativo estableció que sólo 600 fueron víctimas de una radiación excesiva; por encima de los 0,3 Sv. Sin embargo, el llamado ‘estrés crónico’ afecta a toda la ciudad desde entonces, impregnada del miedo y la ignorancia a las consecuencias de aquella maldita radiación. Hasta ese fatídico día, nadie sabía lo que significaba la palabra radiactividad en aquel pequeño barrio de Goiania. El miedo trajo la falsa crisis; el comercio descendió un 60% en la ciudad. Nadie quería salir a comprar ropas ni alimentos por temor a contaminarse. En el entierro de las víctimas, los ataúdes de plomo fueron apedreados por la multitud, en protesta por la cercanía del sepelio a sus viviendas. Varias manzanas de la ciudad fueron literalmente demolidas y convertidas en escombros, que todavía permanecen amontonados en un depósito a ‘cielo abierto’ y a 18 kilómetros de la ciudad. Una fundación con el nombre de Leide recuerda y vela todavía por los derechos de los más afectados.

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The Goiania Incident

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El accidente destapó el caos y descontrol en la delegación que vigila las dosis radiactivas de los componentes radiológicos. Como prueba, más del 40% de las consultas de control anuales a clínicas y centros quedaban sin contestar. La comisión de energía nuclear brasileña (CNEN) no recibió ninguna notificación tampoco del cambio de propietario o demolición de las máquinas de aquella clínica, según la licencia concedida en 1971. El cesio llevaba 3 años abandonado allí hasta su robo. Por lo tanto, se estableció que la responsabilidad en los homicidios por negligencia recaía sobre los tres médicos que gestionaban las máquinas. Pero como el accidente ocurrió antes de la promulgación de la Constitución Federal del 88, los médicos no pudieron ser declarados responsables al no ser los compradores ‘reales’ del equipamiento. Hoy viven ejerciendo la misma actividad cerca de los afectados por el ‘estrés crónico’ derivado del incidente.

Fuentes:

La referencia a la historia la encontré, de casualidad, en un enlace al blog. Otras fuentes consultadas:

Si te ha interesado esta entrada, no deberías perderte:

-Las chicas radiactivas

-Petróleo para nosotros, crudo para ellos

-El hombre que atravesó una montaña.

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Nunca juegues con mercurio

Julio 29, 2010

El 14 de agosto de 1996, la reputadísima química y profesora norteamericana, Karen Wetterhahn se encontraba investigando en su laboratorio sobre los efectos de los iones de mercurio al interactuar con las proteínas reparadoras de ADN. Para ello había encargado una muestra de dimetilmercurio, una de las neurotoxinas más peligrosas que se hayan sintetizado nunca. Tomó todas las precauciones que dictaba el protocolo. Pero una gota, menor que un grano de arroz, cayó accidentalmente sobre un guante. Murió intoxicada a los pocos meses. ¿Qué falló?…

(Seguir leyendo en Amazings.es. Un placer colaborar con la mejor comunidad de divulgación científica de la blogosfera española )

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Karen Wetterhahn posando para una entrevista y en su laboratorio. Fuente, 2

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Objetivo: matar al controlador aéreo

Julio 27, 2010

El 1 de julio de 2002, un Tupolev-154 con 50 niños rusos que sobrevolaba la frontera entre Alemania y Suiza, chocó incomprensiblemente a más de 12.000 metros de altura con un Boeing-757 de carga de la compañía DHL. Un cúmulo de errores del centro controlador de la región de Zurich llevó a ambas aeronaves a la catástrofe. Los cuerpos de 71 personas acabaron esparcidos en un área de 40 km cuadrados cerca del Lago Constanza. Durante la batida, uno de los familiares de las víctimas, juró venganza. Mataría al controlador aéreo responsable.

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Vitaly Kaloyev durante el juicio  y restos de uno de los aparatos siniestrados. Fuente, 2

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Las autoridades alemanas desaconsejaron que los familiares de las víctimas participaran en los trabajos de búsqueda de los cuerpos pero, Vitaly Kaloyev —un arquitecto ruso que había perdido a su mujer y dos hijos en el accidente— fue el primero en llegar al lugar y el primero en ofrecerse con empeño para colaborar en las tareas. Vitaly, afincado por entonces en Barcelona, había sido también viceministro de vivienda de Osetia del Norte, por lo que la jefatura aceptó su colaboración.

El panorama era dantesco, con decenas de cadáveres mutilados y cercenados por la violencia de un choque increíble que conmocionó a todo el continente. Los campos de cultivo a orillas del Lago Constanza estaban sembrados de cadáveres de niños carbonizados que dificultaban su identificación. Vitaly Kaloyev participó buscando a su familia durante los 6 días que duraron las operaciones especiales. Parece que el destino y el mismo caprichoso azar que llevó a dos aviones minúsculos a ‘tropezar’ en el inmenso cielo, ayudaron a Vitaly a encontrar, en un golpe de suerte, el collar de perlas que pertenecía a su hija Diana, de cuatro años. Esto sirvió como pista para localizar luego el cadáver de su hija, el único que se encontró de una sola pieza. La historia de aquel singular hallazgo inspiraría más tarde el monumento que la ciudad de Überlingen levantaría en homenaje a las víctimas del terrible accidente. Una inmensa gargantilla de esferas de acero imitando el brillo de las perlas y diseminadas por el lugar de la catástrofe. Pero nadie sospechaba aquella noche que, tras el singular encuentro, la tragedia aún no había terminado del todo.

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Monumento  homenaje a las víctimas. Un collar gigante esparcido por el lugar del accidente. Fuente

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Peter Nielsen era un controlador con ocho años de experiencia y encargado aquel día de las operaciones del espacio aéreo de Zurich. Su empresa, la multinacional SkyGuide, estaba realizando diversas operaciones de mantenimiento en el centro de control de Zurich, lo que dejó mermados algunos de los sistemas de radar y comunicaciones. Peter se encontraba solo en ese momento, a cargo de dos pantallas y de todo el tráfico del sur de Alemania, por descanso de su compañero del centro de control. Todo ello unido a la falta de pericia —que no culpa— del malogrado controlador fueron las causas oficiales del accidente.

En aviación comercial casi todos los aparatos disponen de un TCAS (Sistema de Prevención de Colisiones de Tráfico) como mecanismo para evitar las colisiones en pleno vuelo. Sin ayuda humana las aeronaves pueden detectar y avisar de las correcciones de trayectoria y altitud necesarias para evitar el impacto de naves con rutas confluentes. Pero en el 2002 no había una normativa clara referente a la órdenes contradictorias entre las instrucciones del TCAS y las de los controladores aéreos encargados de los vuelos que cruzan sus trayectorias.

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Kaloyev frente a la tumba de su familia. Pasaba más tiempo en el cementerio que en su casa. Fuente

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Aquella noche, a dos minutos del impacto entre los aviones, los pilotos de la nave rusa decidieron obedecer al controlador y no al TCAS, descendiendo su nave al mismo tiempo que el sistema de seguridad aconsejaba el ascenso. Los pilotos del Boeing de DHL si hicieron caso al TCAS, que les ordenaba el descenso inmediato. Pero el controlador se equivocaba. El mantenimiento había dejado inoperativa la señal de aviso de aproximación excesiva entre rutas y cuando se dio cuenta del peligro era demasiado tarde. Avisó aleatoriamente a uno de los aviones para que disminuyese rápidamente su altitud. Justo al que el sistema combinado TCAS había aconsejado el ascenso. El avión de DHL pasó por debajo del Tupolev a casi 1000 kilómetros por hora. El estabilizador vertical (la cola) impactó en el fuselaje del avión ruso, seccionándolo literalmente en dos. Los daños de Boeing fueron menores pero le impidieron continuar el vuelo al perder poco después las turbinas. Se estrelló a los 2 minutos de la colisión. Ningún superviviente.

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Recreación de ángulos y trayectorias de impacto de ambos aviones. Fuente

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La opinión pública buscaba una cabeza de turco, un responsable en el que descargar el peso de la culpa e indignación. SkyGuide reconoció inmediatamente sus errores y antes de ser procesados pidieron perdón público, a la vez que intentaban preservar la identidad de todos los trabajadores implicados y así evitar el probable escarnio público. Pero la venganza de Vitaly Kaloyev se estaba ya gestando. En la ceremonia del primer aniversario del accidente, Vitaly increpó al presidente de SkyGuide para que le revelase el nombre del controlador implicado. Secreto que acabó desvelando la prensa carnívora y los medios. La suerte de Peter estaba ya echada.

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Documental “Cruce Mortal” de National Geographic. Parte 2, 3, 4, 5

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El 24 de febrero de 2004, casi dos años después del accidente, Vitaly Kaloyev consumó su venganza. Se dirigió a la casa de Peter Nielsen -de retiro forzoso- a las afueras de Zurich y, sin mediar palabra, le asestó varias puñaladas en el jardín de su propiedad. Murió desangrado a los pocos minutos en presencia de su mujer e hijos. La policía le encontró un par de días después y en estado de shock en un hotel cercano a la casa de su víctima. Sólo recordaba haber enseñado a Nielsen unas fotos de sus hijos. Fue condenado a ocho años de prisión en octubre de 2005, pero en noviembre de 2007 fue liberado por un error de procedimiento. Su estado mental no fue considerado en primera instancia y anulaba la sentencia. Kaloyev es ahora un héroe nacional en su país.

Fuentes y enlaces

Todas las fuentes están enlazadas en el texto. Imprescindible el documental de la National Geographic sobre el accidente, de su serie “Catástrofes Aéreas” (MayDay).

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Si te ha interesado esta entrada, no deberías perderte:

-¿Qué ocurre cuando no se aprietan correctamente los tornillos de un avión comercial?

-La tragedia del vuelo 508. Sobreviviendo al Amazonas.

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El periodista que cambió el color de su piel para experimentar la discriminación racial.

Julio 7, 2010

A finales de los años cincuenta, John Howard Griffin se embarcó en uno de los experimentos psicológicos y sociales más importantes de la historia. Con ayuda de un reconocido dermatólogo de la época, el periodista oscureció el color de toda su piel y se disfrazó de ‘Nigger’ para protagonizar un apasionante viaje por las injusticias de la segregación racial norteamericana. Mente blanca y piel negra como herramientas para denunciar y escribir empíricamente el más exitoso de los tratados antisegregacionistas de la época: ”Black like Me”.

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John Howard Griffin antes del tratamiento y durante su etapa como limpiabotas ‘nigger’. Life y 2

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John trabajaba como columnista en un diario de Texas en noviembre de 1959, cuando la dirección le encargó un artículo sobre el aumento de la tasa de suicidio entre la población negra del sur del país. John tenía claro que, como hombre blanco, sería incapaz de comprender y asimilar todas y cada una de las motivaciones que llevarían a un hombre negro a tomar tan terrible decisión. Atraído y obcecado por el método, se disfrazó con el manual del periodista insensato para adentrarse en el mundo de los parias y preparar el mejor artículo de su vida en defensa de los derechos civiles.

Ni su mujer ni sus tres hijos pudieron contrarrestar la fuerza de sus convicciones. Embaucado por la solvencia de sus principios, John decidió romper con su vida anterior -sólo conservaría el nombre- para viajar por los estados más fustigados por la intolerancia: Alabama, Luisiana, Misisipi y Georgia e instalarse durante seis semanas en uno de los barrios negros de Nueva Orleans.

Antes incluso de convertirse en un negro anónimo fue objeto de los primeros ‘latigazos’ de los que más tarde se haría eco y que dejarían estupefacto al periodista. Al comunicar su plan al FBI por motivos de seguridad recibió la siguiente respuesta:

“Si decides convertirte en un negro, sólo puedes esperar ser tratado por nosotros como un negro”

Para llevar a buen puerto su metamorfosis decidió solicitar los servicios del mejor dermatólogo de Nueva Orleans. El prestigioso doctor le recetó una droga llamada Oxsoralen, muy utilizada entonces para luchar contra el vitiligo, la psoriasis y otras enfermedades de la piel. Su uso en cantidades desmesuradas produce una sobrepigmentación artificial, ideal para satisfacer las intenciones del original periodista. El doctor le sometería a periódicos análisis sanguíneos para controlar el estado de su hígado ante la avalancha de medicamentos. A este tratamiento siguieron la exposición diaria a largísimas sesiones de lámparas bronceadoras -de hasta 15 horas- y la aplicación de varias cremas y potingues pigmentantes. Antes de partir mejoró también su acento sureño, se afeitó la cabeza para esconder su lacio pelo y dispuso de un ajuar completo con la vestimenta más apropiada para los gustos de su nueva raza.

John Howard bronceándose en una de sus largas sesiones y firmando ejemplares de su libro. Fuentes

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Todo el proyecto estaba subvencionado por la revista Sepia, un magacine de la comunidad afroamericana que se encargaba de dar púlpito a la desequilibrada defensa racial. A cambio del patrocinio, Griffin se comprometía a publicar los primeros artículos en exclusiva para la revista. Más tarde llegaría la recopilación completa en forma de ‘best Seller’.

John partió de su rancho de Texas, con lo puesto, en Diciembre de 1959. Muy pronto sufriría el primer rechazo por su artificial condición. Durante uno de sus largos viajes en autobús público, conminado siempre con sus congéneres a la parte posterior e innoble del vehículo; fueron avisados de una parada para la evacuación y el refrigerio. Cuando llegó el autocar a la estación de servicio el conductor dejó salir sólo a los blancos, cerrando las puertas a todos los hombres de color sin justificación aparente. Era muy normal. Se trataba de dejar claro, de alguna manera poco sutil, la consideración como ciudadanos de segunda clase.

Una de las anécdotas más extraordinarias e inteligentes del trabajo de investigación ocurrió cuando John se acercó a votar en una de las múltiples consultas del condado. Provisto de su acta de derecho -obligatoria- pasó al examen de elegibilidad. Una especie de test intrascendente que se hacía para filtrar a analfabetos y que algunos comisionados utilizaban a su favor:

—¿Puedes recitar el párrafo quinto de la Constitución de los EE.UU.?

El votante potencial así lo hizo.

¿Puede decirme usted todos los presidentes desde 1840 hasta 1860, su mandato, y por lo que fueron conocidos?

El negro postizo así lo hizo. El examinador -sorprendido- agarró entonces un periódico impreso en chino del que disponía para los casos más duros y le invitó a leer el párrafo de introducción de la noticia principal.

No puedo entender el párrafo entero, pero si puedo leer el título. Dijo John.

Incrédulo, el diputado del sheriff blanco, dijo:

—¿Cómo? ¿De verdad puede usted leer el título? ¿Qué es lo que dice?

Dice -aclaró el periodista- “Aquí un hombre negro que no va a votar en el estado de Misisipi durante todo este año.”

El anecdotario racista de su libro es tan aleccionador como desconcertante. John Howard Griffin fue vejado, ninguneado y segregado en toda clase de actos sociales y rutinarios con pérdidas de derechos civiles que se creían evidentes desde el cómodo e indolente estrado blanco. Sus textos son un compendio de evidencias que ponían al descubierto todo el catálogo de pequeñas y grandes ofensas que sufría la población negra de la época. Estuvo muy cerca de participar en varias reyertas con la policía y grupos racistas de las que consiguió escapar para no echar por tierra su trabajo de investigación.

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Varias de las instantáneas que tomó su amigo el fotógrafo Don Rutledge durante el experimento.

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Como últimos experimentos de su apasionante aventura, John Howard Griffin decidió someter a juicio a varios personajes desde sus dos identidades raciales. Antes de abandonar el tratamiento pigmentante seleccionó a varios candidatos para evaluar su respuesta racista ante eventos de protocolo, solicitud de trabajo o trato directo personal. Con todos ellos repitió las mismas experiencias pero con su tez natural. El resultado, descorazonador, es el que todos sospecháis.

El Ku Klux Klan tuvo amenazado de muerte al periodista desde que hizo públicos sus trabajos en marzo de 1960, pero John Howard Griffin murió de forma natural el 9 de septiembre de 1980, tras más de 20 años de lucha por los derechos civiles y víctima de las secuelas de una antigua lesión cerebral de guerra. Algunas fuentes han querido achacar su muerte a los excesos cometidos con los medicamentos y las terapias pigmentantes… pero eso es sólo una de tantas leyendas.

Fuentes:

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Si te ha interesado esta entrada, no deberías perderte:

-La niña que ridiculizó al Apartheid.

-”Alguien tendrá que matar a mi abogado..”

-Probablemente el anuncio de televisión más polémico de la historia

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Las chicas radiactivas

Mayo 7, 2010

En 1917, las chicas radiactivas se pintaban las uñas con pintura luminosa para acicalarse a la nueva moda. Las Chicas del Radio impregnaban sus dientes con pigmento radiactivo para encender los besos de sus fascinados novios. Inconscientes de su pecado, perdieron dientes, uñas e incluso la vida, antes de constatar y denunciar a la fábrica de relojes donde trabajaban por usar pinturas venenosas. También consiguieron la instauración, por vez primera, del derecho de un trabajador a demandar por condiciones laborales abusivas. Esta es su historia.

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Las ‘Chicas del Radio’ en plena acción en la fábrica de Orange, Nueva Jersey. Fuente

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En 1898, Marie Curie -la sempiterna mujer científica del vestido negro- aislaba el Radio en estado puro, estableciendo definitivamente su condición de elemento en la tabla periódica. La manipulación y experimentación de la primera ‘Chica Radiactiva’ de la historia le supuso dos premios Nobel y una anemia aplásica que acabó con su vida. Todavía hoy, sus anotaciones y cuadernos de trabajo no pueden manipularse sin protección debido a la radiactividad de su isótopo más estable; unos 1600 años.

Las propiedades fosforescente del radio -al mezclarlo con el sulfuro de zinc- fueron inmediatamente aprovechadas por la omnipresente industria militar norteamericana de entonces para sus aparatos e instrumentos de navegación nocturna, como relojes y velocímetros de vehículos militares. Para ello depuraron la extracción del radio de un mineral llamado carnotita y así producir la mayor patente de pintura luminosa, radiactiva y venenosa de la historia: El ‘Undark.

En Europa, especialmente en Suiza, había tantos pintores de Radio que era muy normal reconocerlos por la calle. Todos ellos brillaban en la oscuridad como si un halo mágico los persiguiera.

Publicidad del Undark. Pigmento cancerígeno de uso extendido hasta los años 60. Fuente

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La United States Radium Corporation en Orange, Nueva Jersey; fue la empresa encargada de la fabricación y distribución del peligroso pigmento y de varias de sus técnicas para la imprimación de los componentes militares. La más avanzada de todas ellas era la aplicación del producto mediante la ”tecnología manual aplicada de primera generación” esto es, a pincel y mano descubierta… y si era femenina y delicada mucho mejor. Mientras los directivos sospechaban y se protegían con máscaras y guantes plomados, las 70 mujeres contratadas en la fábrica para las tareas de manipulación y pintado, lo hacían con uniforme corporativo y como si de pintura al óleo se tratara. Nadie les informó de lo peligroso de la manipulación del Undark. Todo por la buena imagen de la empresa. Unos 4.000 empleados pasaron por la ponzoñosa fábrica.

Con delicados pinceles de ‘pelo de camello’ aplicaban el producto en las agujas y los marcadores de los diales de relojes y contadores; chupando una y otra vez los restos -por indicación laboral- para afilar la precisión de las pequeñas brochas. Como un juego divertido de coquetería y veleidad, utilizaban también la pintura luminosa para maquillarse uñas, dientes y espolvorearse el pelo en los escasos escarceos laborales que hacían con la ingenuidad de su peligrosísima ignorancia. Cobraban un centavo y medio de dolar por cada dial pintado pero se llevaban a casa una curiosa y única manera de acicalarse con material radiactivo y luminiscente.

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Pruebas del juicio. Puesto de trabajo y estragos del radio en las mandíbulas de las chicas. Fuente

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Poco a poco las mujeres fueron enfermando: Anemias, neoplasias, necrosis y lo que más tarde se bautizó como ‘Mandíbula de Radio‘. En 1925 un dentista de Nueva York atribuyó las patologías encontradas en el 80% de las mujeres de la fábrica a la toxicidad del fósforo. Mientras varios informes, pagados por los propietarios del negocio, intoxicaron a la opinión pública achacando los síntomas a enfermedades de transmisión sexual como la sífilis; en un intento de manchar la reputación de las trabajadoras.

No fue hasta que una de ellas demandó a la empresa cuando se consiguió movilizar a la opinión pública en lo que se considera la primera demanda por daños ocasionados en condiciones laborales abusivas; sentando jurisprudencia y los precedentes legales para redactar los primeros reglamentos modernos de seguridad y salud en el trabajo.

Corto de animación “Glow” que cuenta la historia de las Chicas del Radio. Jo Lawrence

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A Grace Fryer le costó dos años y 9 dientes encontrar al abogado Raymond Berry; único letrado que aceptó preparar la demanda contra la United States Radium Corporation. Con el apoyo de cinco chicas más de la fábrica y la complicidad de unos medios muy sensibilizados por la historia, llevaron el litigio a los tribunales en 1928. Todo fueron problemas y obstáculos pagados con el dinero del Radio y médicos compinchados con la empresa. Afortunadamente las secuelas de las chicas -ninguna llegó a declarar de pie- hacían evidente lo incuestionable.

“Las diferentes muestras de polvo recogidas en el taller en varios lugares y de las sillas no utilizadas por las trabajadoras eran todas luminosas en un cuarto oscuro. Los cabellos, rostros, manos, brazos, cuellos, los vestidos, la ropa interior, incluso los corsés eran luminosos. Una de las chicas mostraba puntos luminosos en sus piernas y muslos. La espalda de otra era luminosa casi hasta la cintura … “.

La empresa fue condenada finalmente a pagar 100.000 dólares -de los 250.000 pedidos por el ministerio fiscal- y una pensión mensual y vitalicia de 600 a cada una de las ‘chicas radiactivas’; aunque muchas de ellas no llegaron a cobrar una sola mensualidad. Varios meses después la fábrica cerró abrumada por las dificultades en el modelo de negocio de un producto peligroso y las críticas públicas a una gestión delictiva y denigrante para con sus trabajadores. Nadie quería trabajar ya para la United States Radium Corporation.

La última trabajadora murió de cáncer en 1930. Pero no fue en vano, con ellas se despertó el movimiento sindical por la defensa de los derechos civiles del trabajador, ratificado en 1948. Y se modificaron, además, todos los procedimientos para la manipulación de los pigmentos y sustancias radiactivas pero, ¡Ojo! si tienes un reloj analógico de antes de 1968 es seguro que utiliza compuestos radiactivos como el Undark.

Todavía hoy se puede medir la radiación emitida por muchas de las tumbas de las ‘Chicas del Radio’.

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Fuentes y enlaces

La historia original la encontré en la siempre interesante Damn Interesting. Podéis leer más información aquí y en el libro “Radium Girls , women and industrial health reform: 1910-1935″. Escrito por Claudia Clark. También consulté el capítulo 8 del libro “Mass Media & Environmental Conflict”.

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-El hombre que ha salvado de la locura a un millón de niños tibetanos

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De cómo el cineasta Vittorio De Sica salvó la vida a más de 300 judíos

Abril 30, 2010

El anecdotario heroico antifascista parece no tiene límites en la hemeroteca. De vez en cuando reaparecen pequeñas joyas del altruismo que ayudan a prestigiar la condición humana tan satanizada por el holocausto. El célebre actor y director del neorrealismo italianoVittorio De Sica, salvó la vida a más de 300 judíos, cobijándolos como falsos extras de rodaje bajo la inmunidad y extraterritorialidad de una basílica cristiana y durante la filmación de su olvidada película “La Puerta del Cielo“. Caso único en la historia del cine mundial.

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Dos versiones del cartel de la película. La española y la original.

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Durante el verano romano de 1943 se fraguó este proyecto cinematográfico, salvoconducto para la libertad de cientos de extras y falsos técnicos de rodaje. La película nació como un acuerdo entre la Santa Sede y el director italiano; compinchados en la ‘bacanal filantrópica’ y diseñando meticulosamente los escenarios, localizaciones y tiempos de rodaje para conseguir refugiar y amparar a los perseguidos por los nazis y su Gestapo. No fue un plan de rescate improvisado, el propio Papa Pío XII supervisó y financió el proyecto, a través del Centro Católico Cinematográfico y obligó a dilatar el rodaje lo máximo posible para esperar la llegada de los aliados a Roma y así poder liberarlos. El rodaje se convirtió en un campamento encubierto de judíos refugiados a la espera de su redención.

La película relata las peripecias de un grupo de peregrinos enfermos en su viaje en tren al santuario de Nuestra señora de Loreto, en busca de su personal ‘milagro virginal’. Protagonizada por la actriz española María Mercader y con guión a cargo del propio De Sica y de los italianos Cesare Zavattini y Diego Fabbri. Las localizaciones fueron acuerdos del director con el prelado de la Santa Sede, el por entonces joven Giovanni Montini; más tarde rebautizado mundialmente como papa Pablo VI. El presupuesto fue de unos 40.000 dólares de la época -la mayoría destinados a la manutención completa del amplio equipo- y una vez finalizado el ‘estirado’ rodaje el propio Papa Pío XII decidió paralizar su distribución porque le pareció irrespetuoso que se les concediera el milagro a casi todos los integrantes de aquel tren, antes incluso de llegar a Loreto. Por ello sólo se conservan en la actualidad tres negativos -latas- de 16mm de la película. Dos enterradas en los archivos Vaticanos y otra en manos del heredero del director, su hijo Christian De Sica.

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Uno de los escasos fotogramas disponibles de la película de De Sica,”La Puerta del Cielo”. Fuente

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El principal e intencionado escenario de la película -además del falso tren- y por sus grandes espacios y jardines privados, fue la Basílica de San Pablo Extramuros. Una de las cuatro iglesias pontificias de Roma. Con convenio de extraterritorialidad y, por lo tanto, paraíso de la dispensa y prerrogativa eclesial. Ya saben: si un pistolero o violador se cobija dentro de un templo, un extraño y etéreo escudo de protección invisible -heredero del mismísimo secreto confesional- protege los límites de la casa de Dios para cobijar el seguro perdón cristiano -¿Es así? -No lo sé, pero esta vez los buenos estaban dentro.

Contaba De Sica que, siguiendo la tradición del cine italiano, todo aquel invitado que mirase a través de la cámara debía pagarse unas rondas al equipo de rodaje de guardia. Un día cualquiera, y con la visita del futuro Papa Pablo VI, éste pidió encuadrar unos planos y nadie se atrevió a demandarle la tradición. Al final fue el propio director quién le obligó a pagarse una ronda de 38 capuccinos con bollería fresca.

El rodaje comenzó en verano de 1943 y se extendió hasta el de 1944. Los refugiados vivían y pernoctaban escondidos -con nombres falsos- dentro de los jardines de la basílica. Los excesivos gastos en las dietas se compensaban robando algunos equipos y acumuladores eléctricos a los Ferrocarriles del Estado. Por aquel entonces los alemanes ocupaban ya Roma en su totalidad, y las tropas aliadas avanzaban muy despacio desde el sur de Italia. La incertidumbre de la liberación hacía imposible preveer la finalización de los trabajos y aumentaba las sospechas de los mandos fascistas que controlaban las actividades vaticanas. Mucho miedo.

El propio De Sica era un afortunado. El mismísimo Goebbels le llamó durante el otoño de 1943 para encargarle: “…la refundación del nuevo cine italiano fascista” en la ocupada Venecia. Pero su contrato con el Vaticano le obligó a permanecer en Roma y salvarse de la revelación de su escondida filiación antifascista.

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Patio central de la Basílica se San Pablo (Extramuros). Campamento de los refugiados. Tour virtual

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La noche del 3 de febrero de 1944, una incursión en la basílica de las ‘hordas fascistas’ -capitaneadas por el teniente Pedro Koch- y por descuido de producción, acabó con la detención de más de 60 judíos sospechosos, directamente deportados a los campos de concentración de infausto destino. Llegaban los peores meses para “..la fortaleza bajo asedio” (según el propio De Sica), de absoluto secretismo, con muchos extras enfermos y moribundos atrapados en la basílica y con los fondos casi agotados.

El 5 de junio de 1944 se produjo la liberación de Roma por las tropas anglosajonas y con ello la apertura de las puertas de la Basílica. La película se montó, a duras penas, antes de su autocensura Papal. Y Vittorio de Sica se consagró con sus dos siguientes películas, como el mejor narrador de la Roma arrasada por el fascismo y máximo representante del nuevo movimiento ‘neorrealista’, tan admirado en el resto del mundo como ignorado en su país natal.

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Fuentes y enlaces.

La historia la conocí a través del gran Juanjo Cardenal, en una de sus infinitas preguntas para el programa-concurso “Saber y Ganar“, de Televisión Española. El cineasta italiano Maurizio Ponzi produjo a finales de 2007 una película que relataba los hechos: “Con las luces apagadas” denunciada más tarde por el hijo de Vittorio de SicaChristian por plagio de un proyecto alternativo similar. Podéis encontrar más documentación en las siguientes fuentes: 1,2,3,4,5

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