Héroes que nunca quisieron serlo


[artículo original escrito para la revista @iHstoriaMDZ de Mediazines, dirigida por Javier Sanz]

La señora Greta Winton no pudo contener las lágrimas. El descubrimiento que acababa de hacer en el desván de su casa iba a cambiar su vida y la de toda su familia. 669 fotos de niños judíos ordenadas, escondidas y clasificadas por fecha. Junto a ellas, docenas de cartas de sus progenitores, billetes de tren, documentos, anuncios y recortes de prensa solicitando financiación. Todo en blanco y negro, lleno de polvo y con la patina amarilla que deja sobre el papel el paso del tiempo. Pero, sobre todo, en aquella vieja maleta escondida había una gran historia que contar. Una historia disimulada y ocultada por su protagonista en un trastero durante más de 50 años. La historia de un héroe del holocausto que nunca quiso serlo ni mucho menos contarlo. Estamos en Londres, es el año 1988. El muro de Berlín está a punto de caer y el mundo necesita reconciliarse con su pasado.

395848Nicholas Winton con alguno de los niños que salvó. Fuente. Televisión Checa

 Cincuenta años antes la historia era bien distinta. La Unión Soviética y Alemania se reparten sus sueños de grandeza mientras Europa se desmorona adentrándose en un camino de violencia y catástrofe. 1939 es una año clave en la historia del continente y en la de Nicholas Winton (1909-). El dueño de aquella maleta secreta.

 Nicholas es hijo de inmigrantes de origen judío que se asentaron en Londres para buscar fortuna. Y la encontraron. Nicholas estudió y se convirtió en un respetado agente de bolsa en su ciudad natal. Hampstead. La misma donde reside hoy con 105 años.

 Su brillante carrera se interrumpió al ritmo de los acontecimientos que precipitaron la Segunda Guerra Mundial. El destino y la llamada de un amigo hicieron que suspendiera sus vacaciones invernales de 1938 para informarse de lo que estaba pasando con los refugiados judíos en Praga.

 Durante el apogeo del partido Nazi, más de 300.000 judíos migraron de Alemania y Austria huyendo de los pogromos y linchamientos étnicos del nuevo establishment. El protectorado judío de Bohemia y Moravia en Checoslovaquia era un gueto a punto de estallar. Los judíos perdieron la condición de ciudadanos en un barrio que la gestapo convertiría más tarde en “un museo exótico para una raza extinguida“, importando los souvenirs robados por sinagogas de toda Europa como trofeos para cultivar la exhibición pública de su grotesco antisemitismo.

 Nicky, impresionado, montó en unas horas una oficina en la habitación de su hotel para dar cobijo y gestionar la salida de niños enfermos y desesperados hacia Inglaterra y Suecia. Los únicos países que aceptaron la empresa. A cambio del acuerdo, Nicky tenía que conseguir alguna familia que adoptase a los niños en destino y 50 libras para los gastos. Manos a la obra.

 Falsificó los documentos alemanes de los niños, buscó financiación de sinagogas y pequeñas empresas a través de anuncios en periódicos o panfletos subversivos. Volvió a Inglaterra para montar una red de familias dispuestas a adoptar a los niños elegidos. Corrió la voz y las colas de padres desesperados por salvar a sus hijos colapsaron el Hotel Europa en la Plaza Wenceslao y luego un discreto piso franco en la calle Voršilská que Winton usaba de centro estratégico. La Gestapo sospechaba del movimiento solidario pero no imaginó la red de extradición infantil que se cocía en aquélla oficina improvisada.

 Los niños se despedían en la estación de Praga con una sonrisa para unas breves vacaciones. Sus padres se despedían entre lágrimas para siempre. No hay constancia de niños exiliados que volvieran a reunirse con sus progenitores. Hasta 8 ‘Trenes de Winton’ abandonaron el infierno de Praga. Pero desafortunadamente no todos llegaron a su destino.

 Winton, ahora ordenado Sir por la realeza británica, disfrazó de normalidad la obligación moral de proteger a sus semejantes. Más de 6.000 familias de descendientes agradecen hoy su descomunal gesto. Pero Winton calló durante 50 años porque jamás sintió el orgullo de promocionar un compromiso activo y obligado para con su comunidad. Él mismo escribiría más tarde:

Hay una diferencia entre el bien activo y el pasivo. El bien activo significa dedicar tiempo y energía para mitigar el dolor y el sufrimiento. Requiere que uno busque activamente a esos que sufren y están en peligro y no sólo vivir una ejemplar vida pasiva sin hacer el mal”.

Eso y que nunca pudo olvidar aquel tren que jamás llegó a su destino.

 

El octavo tren

 Amanecer del 1 de septiembre de 1939. Casi 250 niños se disponen a embarcar en el último tren fletado por Winton. La estación es un hervidero. El control de los alemanes es intimidatorio y el miedo a ser descubierto impide la excelsitud de las despedidas. Centenares de familiares contienen el último adiós a sus hijos. Nunca volverán a verlos. Tampoco sus familias adoptivas.

 ¿Qué le pasó al último tren? Esa misma tarde Alemania invadía Polonia y cerraba todas sus fronteras. Todas las comunicaciones europeas de la zona fueron interceptadas. Aquél tren cambió de destino y truncó el futuro de los 250 niños. La campiña inglesa de Cotswolds Hill, los cottage del corazón de Stratford-Upon-Avon, los apartamentos de Londres… se convirtieron en las lúgubres barracas de algún campo de concentración en el centro de la Europa robada. ¿Terezín? ¿Auschwitz? ¿Buchenwald?

 Probablemente terminaron en campo de concentración de Buchenwald, cerca de la ciudad de Weimar. Uno de los más importantes centros de reclusión dentro de territorio Alemán. Y uno de los más sanguinarios. Dirigido en aquella época por el comandante Karl Otto Koch y su segunda esposa, Ilse Koch. La ‘zorra de Buchenwald. Una mujer que vestía su casa con lámparas y objetos forrados con la piel tatuada de sus prisioneros fusilados. Sin comentarios.

moLiberatorSurvivorsToKeynote_800_581_90Niños del bloque 66 del campo de concentración de Buchenwald. Fuente

El campo era un centro de experimentación médica, trabajos forzados, tortura y reclusión infantil. Un caos de 100.000 presos provenientes de todos los rincones de Europa.

 Dentro de este desgobierno las comunidades de prisioneros se autogestionaban con el mismo espíritu que exhibía el bueno de Nicky Winton. Todas menos los niños. Los niños eran arrancados de sus padres antes de llegar al campo. Sin progenitores no había control. Hasta que apareció un Checoslovaco que decidió poner un poco de orden y organizar a los prisioneros infantiles en un pabellón.

 Antonín Kalina (1902-1990) era responsable de la resistencia comunista-alemana que administraba el campamento y decidió establecer un sector dedicado a ellos, el llamado “Bloque 66″ o kinderblock. Aprovechando una zona de cuarentena del campo donde los carceleros no se acercaban por la podredumbre y las enfermedades, reunió a las comunidad infantil más desprotegida para poder establecer un control cercano sobre ellos, lejos de los abusos de los inhumanos celadores.

 Las mejores mantas y raciones de comida, los mejores y más limpios uniformes. El boca a boca de Kalina le permitía recolectar las donaciones de los demás presos. Pero no solo eso. Kalina organizaba actividades infantiles. Talleres educativos de lectura, idiomas y matemáticas, cuentacuentos, el cancionero para irse a la cama… se trataba de hacer lo más llevadero posible la estancia en el infierno.

 Y salvarles la vida. Mantener a los niños en aquel barracón les libraba de los trabajos forzados y de salir al recuento diario. Importantísimo a la hora de evitar y combatir la desnutrición y otras enfermedades. Kalina se encargaba también de cambiar las marcas e insignias amarillas que sobre el pecho llevaban los niños judíos por los símbolos cristianos. Asi conseguía salvarles de las constantes redadas y limpias de las ‘marchas de la muerte’ que los nazis ejecutaban como excusa para purgar y descongestionar el campo y toda la raza aria.

 El día de la liberación del campo, el 11 de abril de 1945, los 900 niños que sobrevivieron al horror de Buchenwald salieron en procesión con Antonín Kalina sobre sus hombros. Era el más simple pero sentido homenaje al esfuerzo de un hombre que gestionó sin apenas recursos la protección de la infancia en aquel avispero nazi.

 Kalina regresó a Checoslovaquia y vivió hasta los 88 en la más absoluta oscuridad. Ni una entrevista. Ni un halago en vida. Tampoco encontró motivo para vender su hazaña. Fueron sus ‘hijos adoptivos’ quienes rindieron tributo al personaje honrando su memoria y su pasado para inmortalizar su ejemplo en los libros de historia.

 

La libertad viaja en bicicleta

 Pero no siempre el héroe anónimo es un personaje desconocido. Hay famosos que lucharon contra la ignominia nazi desde la popularidad. Aprovechando la fama como armadura y salvoconducto para engañar a la autoridad ilegítima. Con una simple bicicleta se pueden salvar más de 800 vidas.

gino-bartali-640 Bártali escondía en el cuadro de su bici salvoconductos para salvar a muchos judíos. Fuente: ilfattoquotidiano.it

Gino Bártali (1914-2000) era un ciclista italiano profesional admirado y querido en todo el mundo. Bonachón, católico, hombre de pueblo y tremendamente popular. El mismísimo Mussolini le adoptó como estandarte deportivo del fascismo italiano. Él nunca renegaría del papel propagandístico que le tocó antes de la gran guerra, en el fondo era su mejor arma para poder cumplir su objetivo y le salvó de las sospechas que la policía fascista pudiera tener sobre él.

 Durante el terrible bienio negro 1943-1944, sin competiciones en el calendario internacional, Gino se dedicó a entrenar y pasear sus triunfos en el Tour del 38 y el Giro del 36 y del 37 por la Toscana italiana. Montado en su bicicleta Legnano roja y verde y con un gran maillot con su nombre, para que no se dudara de su identidad, el ciclista se daba un baño de multitudes por las carreteras secundarias de media italia. Lo que no se descubriría hasta después de su muerte es que el genial ciclista escondía en el cuadro de su bicicleta la documentación de judíos italianos para sacarlos del país. Gino Bártali pertenecía a una red clandestina de residentes que ayudó a sacar de Italia hasta 800 judíos. Bartali movía los papeles y fotos de judíos entre monasterios y las imprentas clandestinas donde fabricaban la documentación falsa necesaria. Con ella los judíos podían llegar hasta los Abruzzos, más allá de la línea «Gustav» levantada por los Nazis para impedir el paso aliado.

 Los policías del Duce aplaudían siempre a su paso y se morían por un autógrafo o preguntarle cosas de ciclismo; borrachos siempre de nacionalismo deportivo e ignorantes de la verdadera carrera del italiano. Salvar vidas humanas.  Una estrategia perfecta.

 Tres héroes anónimos que nunca quisieron serlo. Quizás porque en la inmensidad de la desgracia la actitud más humana y natural es siempre la solidaria y compasiva. Sin forzar el lucimiento personal. Quizás porque convivir con el holocausto y su recuerdo solo te invita al olvido. En cualquier caso, el análisis histórico y el ejercicio de memoria colectiva merecen colocar a cada héroe o villano en el lugar que realmente merecen.

 

 

Para saber más.

 Página web de Sir Nicholas Winton. http://www.nicholaswinton.com

Enciclopedia del Holocausto. http://www.ushmm.org

Fundación Internacional Raoul Wallenberg http://www.raoulwallenberg.net

 

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