Una foto para la historia. Cuando los desafíos de una minoría cambiaban los derechos civiles de la mayoría


Lunes 1 de febrero de 1960. Carolina del Norte. EEUU. Cuando las castas se construían por el color de la piel y los derechos de los afroamericanos todavía se equiparaban a los de los animales; cuatro estudiantes negros del liceo agrícola de la ciudad se amotinaron contra su destino. Entraron en una cafetería en Greensboro y se sentaron en la barra. Un gesto absolutamente prohibido a los de piel oscura, obligados a consumir de pie. La acción supuso un punto de partida en la restructuración final de los derechos civiles de todo el país.

 

Ketchup, azúcar, cristales… Los desafiantes frente a las agresiones racistas. ‘Sentada’  de 1963

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El dueño del establecimiento se negó entonces a servir a “los cuatro de Greensboro” sus consumiciones, alegando el derecho de segregación vigente en el restaurante franquiciado de la conocida cadena Woolworth. Los estudiantes no reaccionaron de ninguna forma a la negativa y permanecieron impávidos en sus ‘taburetes para blancos’ hasta que una camarera de raza negra les espetó:

“Se están comportando como ignorantes. ¡Marchense!”

Joseph McNeil, Franklin McCain, Ezell Blair, Jr. y David Richmond ni se inmutaron con el grito de su semejante e hicieron la estatua hasta que el local echó el cierre una hora más tarde. Fue entonces cuando se levantaron con el sigilo de la caída del sol y abandonaron el restaurante por la puerta de servicio. No sin antes romper la tensión de aquel silencio:

“Volveremos mañana con toda la universidad”

La amenaza se cumplió. Al día siguiente se presentaron 25 afroamericanos en la ‘barra para blancos’ de la cafetería, tomaron asiento y pidieron sus consumiciones. Misma respuesta, mayor miedo. A la puerta del local un tumulto de estudiantes, curiosos y periodistas esperaban ya el inicio de otra gran revuelta. Pero no hubo batalla. Los estudiantes sacaron sus libros y apuntes y empezaron a trabajar en el mismo mostrador que les negaba el servicio. Los dueños no reaccionaron. Hubo más tensión que silencios.

Al día siguiente fueron ya 80 los alumnos que se unieron a la protesta. Con la novedad de la adhesión a la causa de cuatro estudiantes blancas de la misma universidad. En pocos días el gesto se contagió, boca a boca, sin twitter ni redes sociales por nueve estados del sur de los Estados Unidos. 15 ciudades boicotearon a la cadena Woolworth. La imagen y las pérdidas ocasionadas por los acontecimientos obligaron a la franquicia a suspender su reglamento segregacionista en muchos centros. Eso solo fue el principio.

Pero no siempre fue así. Quizás la imagen más significativa de las revueltas de la cadena Woolworth se produjo tres años más tarde. Mismas circunstancias, distinto resultado. El 28 de mayo de 1963, en Jackson; Mississippi, un grupo de estudiantes realizaba una de las cientos de sentadas protesta que contra la misma cadena circulaban ya por todo el país. La diferencia es que, en esta, el departamento de policía local pertenecía al lobby segregacionista e hicieron la vista gorda a las violentas reacciones del respetable. En la imagen se ve a cuatro estudiantes -tres blancos y solo uno de color- siendo humillados y vejados por la facción racista con azúcar, ketchup, sal e incluso trozos de vidrio. Al fondo, agentes del FBI con gafas de sol oscuras, observan permisivos la reacción de los acosados para intervenir solo en caso de réplica.

 

Los ‘4 de Greensboro’ en la primera sentada de 1960, y el lugar tal como se conserva hoy en su homenaje.

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La foto dio la vuelta al mundo y ha sido incluida en decenas de manuales de historia y pro derechos civiles. Tres años de movimiento “Sit-in” fueron necesarios para obligar al entonces presidente Lyndon Johnson a modificar la constitución para abolir la discriminación racial.

Y todo comenzó por el pequeño desafío de cuatro hombres.

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Fuentes:

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El periodista que cambió el color de su piel para experimentar la discriminación racial.


A finales de los años cincuenta, John Howard Griffin se embarcó en uno de los experimentos psicológicos y sociales más importantes de la historia. Con ayuda de un reconocido dermatólogo de la época, el periodista oscureció el color de toda su piel y se disfrazó de ‘Nigger’ para protagonizar un apasionante viaje por las injusticias de la segregación racial norteamericana. Mente blanca y piel negra como herramientas para denunciar y escribir empíricamente el más exitoso de los tratados antisegregacionistas de la época: ”Black like Me”.

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John Howard Griffin antes del tratamiento y durante su etapa como limpiabotas ‘nigger’. Life y 2

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John trabajaba como columnista en un diario de Texas en noviembre de 1959, cuando la dirección le encargó un artículo sobre el aumento de la tasa de suicidio entre la población negra del sur del país. John tenía claro que, como hombre blanco, sería incapaz de comprender y asimilar todas y cada una de las motivaciones que llevarían a un hombre negro a tomar tan terrible decisión. Atraído y obcecado por el método, se disfrazó con el manual del periodista insensato para adentrarse en el mundo de los parias y preparar el mejor artículo de su vida en defensa de los derechos civiles.

Ni su mujer ni sus tres hijos pudieron contrarrestar la fuerza de sus convicciones. Embaucado por la solvencia de sus principios, John decidió romper con su vida anterior -sólo conservaría el nombre- para viajar por los estados más fustigados por la intolerancia: Alabama, Luisiana, Misisipi y Georgia e instalarse durante seis semanas en uno de los barrios negros de Nueva Orleans.

Antes incluso de convertirse en un negro anónimo fue objeto de los primeros ‘latigazos’ de los que más tarde se haría eco y que dejarían estupefacto al periodista. Al comunicar su plan al FBI por motivos de seguridad recibió la siguiente respuesta:

“Si decides convertirte en un negro, sólo puedes esperar ser tratado por nosotros como un negro”

Para llevar a buen puerto su metamorfosis decidió solicitar los servicios del mejor dermatólogo de Nueva Orleans. El prestigioso doctor le recetó una droga llamada Oxsoralen, muy utilizada entonces para luchar contra el vitiligo, la psoriasis y otras enfermedades de la piel. Su uso en cantidades desmesuradas produce una sobrepigmentación artificial, ideal para satisfacer las intenciones del original periodista. El doctor le sometería a periódicos análisis sanguíneos para controlar el estado de su hígado ante la avalancha de medicamentos. A este tratamiento siguieron la exposición diaria a largísimas sesiones de lámparas bronceadoras -de hasta 15 horas- y la aplicación de varias cremas y potingues pigmentantes. Antes de partir mejoró también su acento sureño, se afeitó la cabeza para esconder su lacio pelo y dispuso de un ajuar completo con la vestimenta más apropiada para los gustos de su nueva raza.

John Howard bronceándose en una de sus largas sesiones y firmando ejemplares de su libro. Fuentes

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Todo el proyecto estaba subvencionado por la revista Sepia, un magacine de la comunidad afroamericana que se encargaba de dar púlpito a la desequilibrada defensa racial. A cambio del patrocinio, Griffin se comprometía a publicar los primeros artículos en exclusiva para la revista. Más tarde llegaría la recopilación completa en forma de ‘best Seller’.

John partió de su rancho de Texas, con lo puesto, en Diciembre de 1959. Muy pronto sufriría el primer rechazo por su artificial condición. Durante uno de sus largos viajes en autobús público, conminado siempre con sus congéneres a la parte posterior e innoble del vehículo; fueron avisados de una parada para la evacuación y el refrigerio. Cuando llegó el autocar a la estación de servicio el conductor dejó salir sólo a los blancos, cerrando las puertas a todos los hombres de color sin justificación aparente. Era muy normal. Se trataba de dejar claro, de alguna manera poco sutil, la consideración como ciudadanos de segunda clase.

Una de las anécdotas más extraordinarias e inteligentes del trabajo de investigación ocurrió cuando John se acercó a votar en una de las múltiples consultas del condado. Provisto de su acta de derecho -obligatoria- pasó al examen de elegibilidad. Una especie de test intrascendente que se hacía para filtrar a analfabetos y que algunos comisionados utilizaban a su favor:

—¿Puedes recitar el párrafo quinto de la Constitución de los EE.UU.?

El votante potencial así lo hizo.

¿Puede decirme usted todos los presidentes desde 1840 hasta 1860, su mandato, y por lo que fueron conocidos?

El negro postizo así lo hizo. El examinador -sorprendido- agarró entonces un periódico impreso en chino del que disponía para los casos más duros y le invitó a leer el párrafo de introducción de la noticia principal.

No puedo entender el párrafo entero, pero si puedo leer el título. Dijo John.

Incrédulo, el diputado del sheriff blanco, dijo:

—¿Cómo? ¿De verdad puede usted leer el título? ¿Qué es lo que dice?

Dice -aclaró el periodista- “Aquí un hombre negro que no va a votar en el estado de Misisipi durante todo este año.”

El anecdotario racista de su libro es tan aleccionador como desconcertante. John Howard Griffin fue vejado, ninguneado y segregado en toda clase de actos sociales y rutinarios con pérdidas de derechos civiles que se creían evidentes desde el cómodo e indolente estrado blanco. Sus textos son un compendio de evidencias que ponían al descubierto todo el catálogo de pequeñas y grandes ofensas que sufría la población negra de la época. Estuvo muy cerca de participar en varias reyertas con la policía y grupos racistas de las que consiguió escapar para no echar por tierra su trabajo de investigación.

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Varias de las instantáneas que tomó su amigo el fotógrafo Don Rutledge durante el experimento.

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Como últimos experimentos de su apasionante aventura, John Howard Griffin decidió someter a juicio a varios personajes desde sus dos identidades raciales. Antes de abandonar el tratamiento pigmentante seleccionó a varios candidatos para evaluar su respuesta racista ante eventos de protocolo, solicitud de trabajo o trato directo personal. Con todos ellos repitió las mismas experiencias pero con su tez natural. El resultado, descorazonador, es el que todos sospecháis.

El Ku Klux Klan tuvo amenazado de muerte al periodista desde que hizo públicos sus trabajos en marzo de 1960, pero John Howard Griffin murió de forma natural el 9 de septiembre de 1980, tras más de 20 años de lucha por los derechos civiles y víctima de las secuelas de una antigua lesión cerebral de guerra. Algunas fuentes han querido achacar su muerte a los excesos cometidos con los medicamentos y las terapias pigmentantes… pero eso es sólo una de tantas leyendas.

Fuentes:

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