En 1967, con tan solo 18 años, el cabo Richard Luttrell se topó con un joven soldado del NVA (Ejército regular de Vietnam del Norte) en mitad de la espesa jungla asiática. Tras un duelo de miradas y balazos la muerte decidió escoger a su adversario. Richard recogió de entre los efectos personales una pequeña fotografía del joven vietnamita con su hija que le acompañaría en su tormento obsesivo durante toda su vida. 33 años más tarde el compungido militar consigue reunirse con aquella niña para pedir perdón y devolverle la insólita foto. Esta es la historia.
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Impresionante el encuentro (minuto 2.15) de un soldado arrepentido y la hija de su víctima
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Recién licenciado en la 101 división de la aerotrasportada del ejército Norteamericano, Richard Luttrell aterriza en Chu Lai, Vietnam como otros tantos miles de jóvenes americanos engatusados por una bandera y ciegos de patriotismo. A los pocos días ya está haciendo frente a la guerrilla con la inexperiencia que daban las urgencias militares de aquel conflicto. Su primer encuentro con un soldado de Vietnam del Norte marcaría el resto su vida.
«Hacía calor, como siempre. Era como llevar una capa en una sauna. No tenía ni idea de que mi primer enemigo estaba a pocos metros de distancia. De repente, veo a mi izquierda un soldado de la NVA en cuclillas con su Ak-47 mirándome. La muerte estaba a un solo latido y tenía que tomar una decisión. Nos miramos durante una eternidad hasta que ambos disparamos […]» Richard Luttrell para la NBC
No fue el último disparo, pero si su primer muerto. El fin de su ingenuidad. El principio de la carrera por su supervivencia. Richard Luttrell abandonó Vietnam poco después víctima de una herida incapacitante y con la mochila llena de miedos y horribles historias. También llevaba una fotografía tamaño sello que le recordaría para siempre lo cruel y arbitrario que es el destino de un soldado.
Richard Luttrell llevó (en secreto) la minúscula foto en su cartera durante más de 22 años. Se convirtió en su obsesión oculta ya que mantenía la humanidad de aquella mirada del hombre que mató, lo más cerca de su corazón. ¿Y por qué no fui yo?, se preguntaba continuamente. Hasta que no pudo más.
Foto que acompaño al solado Richard Luttrell durante media vida
«Estimado Señor, hace veintidós años que llevo su imagen en mi cartera. Tenía sólo dieciocho años de edad aquél día que nos enfrentamos en los senderos de Chu Lai. ¿Por qué no fuiste tú el que te llevaste mi vida?. Nunca lo sabré. Día tras día miro la foto con tu hija y el sentimiento de culpa me quema el corazón y las entrañas. Perdóname por haberte quitado la vida. Simplemente estaba entrenado para ello…»
Pero el desahogo público no fue suficiente y Richard volvió al poco tiempo para recoger su foto y comenzar lo que consideró debiera ser la redención personal definitiva a su martirio. ¿Como encontrar entre 80 millones de vietnamitas a la hija de un soldado muerto con tan solo una foto del tamaño de una moneda?. Un cúmulo de circunstancias devolvieron la confianza en el destino que un día perdió el ofuscado soldado Richard.
Un íntimo periodista publicó la historia en algún periódico local y alguien se la mandó al embajador de Vietnam en Washington D.C. Éste envió personalmente el conmovedor relato a un contacto periodista del mayor periódico de Hanoi; que publicó una reseña con copia de la foto encabezado con la pregunta ¿Conoce usted a esta chica?. El resto fue obra de la ventura y de la tradición asiática por envolver todo tipo de alimentos con papel de periódico.
Pasado un largo tiempo, un anciana reconoció la foto de aquél soldado en la envoltura de un pescado y localizó a la ‘niña’ en una aldea cercana. El destino estaba ya escrito y Lan Trong Ngoan, la niña que acompaño 33 años en su pecho al soldado Richard aceptó el desafío del perdón.El perdón es la venganza de los buenos y ella es, en realidad, la verdadera protagonista.El resto de la historia, en el vídeo de su encuentro.
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Fuentes y enlaces
El vídeo lo descubrí en reddit. Encontré el nombre del soldado con una búsqueda inversa. El mejor artículo sobre esta apasionante historia lo podéis encontrar aquí. Otras fuentes aquí y aquí. La foto es una ampliación de un fotograma del documental completo para la NBC que podéis ver aquí.
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Cuando la tozudez se mezcla con la avaricia fabrica historias para la memoria. William Schmidt, alias «el burro», era un minero seducido por la fiebre del oro que emigró con lo puesto al desierto de Mojave en busca de fortuna. La codicia y el miedo a los robos por compartir rutas con otros aventureros le llevaron a cavar, él solo, un pasadizo en la montaña directo a la fundición comunal. 38 años tardó en horadar , en secreto, 800 metros de una galería que se convirtió en monumento a la intrepidez amén de legado para generaciones incrédulas.
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William Henry Schmidt y el interior del «Burro Tunnel». Fuente
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William Henry Schmidt nació en Woonsocket, Rhode Island, en enero de 1871. Con tan solo 24 años contrajo la misma tuberculosis que había matado a seis de sus hermanos. El médico le echó un semestre más de vida si no cambiaba de aires lo antes posible. Con ello, W. H. Schmidt decidió aventurarse al Gran Desierto de California buscando bajas humedades y nuevos aires como excusa para conquistar su ‘Dorado’ particular.
A finales de 1890 Schmidt se encontraba trabajando para la Kern County Land Co. en Bakersfield, California. Una de las grandes corporaciones de suelo y minas que explotaban el hierro de la zona. Al principio, la enfermedad de Schmidt traducía en ineficacia su rentabilidad en el trabajo. Poco a poco, la sequedad del ambiente fue moderando su tuberculosis y le permitió desvincularse del trabajo por cuenta ajena para alimentar su particular fiebre dorada.
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Estado actual de la entrada del «Burro Tunnel». Fuente
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En 1906, durante su estancia en la Kern, Schmidt descubrió varios yacimientos auríferos en la ‘Copper Mountain‘, un macizo de 3.750 metros situado en Summit County, Colorado. Después de solicitar los respectivos permisos de explotación personales se trasladó, con lo puesto, a la cercana localidad de Garlok, en la montaña negra de «El Paso» (California) para establecer el campamento base de su atrevida empresa. Era el último pueblo antes de alcanzar la soledad, 32 kilómetros más arriba.
Para llegar a su yacimiento tenía que atravesar un estrecho desfiladero (‘Last Chance Canyon‘ o Cañón de la última oportunidad) sólo apto para personas y animales de carga. Schmidt adoptó dos Burros abandonados (de ahí su apodo) que fueron su única compañía durante muchos años. Schmidt amaba la soledad, y no le importaba trabajar y vivir en el infierno si con ello podía anhelar riquezas antes soñadas pero nunca vistas.
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Vista aérea de la montaña que atraviesa el «burro Tunnel». Fuente
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La minería del oro era una labor muy solitaria e ingrata, con suma competencia y de requerimientos muy obstinados. Una vez evaluado en el desierto el yacimiento y sus posibilidades (normalmente en localizaciones inhóspitas) lo importante era calibrar las rutas de abastecimiento de agua y provisiones y el camino más corto a la fundición y a los compradores de mercancía. El problema era que Schmidt se hallaba a más de 30 (duros) kilómetros de núcleo habitado. Distancia insalvable con periodicidad. Pero la acumulación de pepitas y enseres no era recomendable por los continuos asaltos y pillaje que reinaba en las cuencas de explotación.
Por ello (el) Burro Schmidt, después de asentarse en su filón durante dos años en los cuales construyó una mini cabaña (1902) con maderas secas y retales mineros; decidió tomar un atajo en su ruta hacia el destino. ¿Por qué no trazar, en secreto, un túnel directo hasta el otro lado de la montaña evitando el peligroso desfiladero?
La excavación comenzó, con apenas un par de martillos y un viejo pico, en 1900 cuando Schmidt contaba ya con 29 años y se prolongó durante 38 años hasta mediados de 1938 (66 años). Jack y Jenny (los burros) fueron sus únicos compañeros durante años pero, debido a su pésimo estado, ni siquiera colaboraron con la extracción de escombros, siendo estos sacados en su totalidad por el único ‘Burro’ que quedaba.
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William Henry Schmidt sentado a las puertas de su cabaña. Fuente
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El túnel tenía (y tiene) una altura de 1,80 metros y su con una anchura de hasta 5 metros (en algún tramo) para una longitud total de casi 800 metros. Al final la altura del túnel es menor conforme las fuerzas y la columna de su escultor iban decayendo por la edad. Recto en su totalidad amén de un par de codos al final como buscando desesperadamente la salida. No necesitaba apeos de madera pues estaba escavado en roca pura. La dureza extrema de sus paredes requería de dinamita para poder horadarlas en condiciones. Schmidt sacrificó parte de sus rendimientos en el avituallamiento de explosivos, pero éstos escaseaban y nunca fueron suficientes para reventar la roca con garantías. Cuentan sus legatarios que, conforme el túnel era más profundo, las explosiones eran cada vez más peligrosas porque solían pillar a Schmidt dentro de la galería, incapaz (por las cortas mechas) de correr lo suficiente para escapar de la onda expansiva.
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Estado actual de la cabaña de William Henry Schmidt . Fuente
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Conforme pasaba el tiempo la empresa de atravesar la montaña se transformó en una obsesión. Dedicaba más tiempo a la galería que a la extracción del oro. El empeño de Burro Schmidt por abrir a la luz el otro extremo del pasadizo era sólo comparable al tamaño de su soledad y su iniciativa, por incomprendida, ayudó a forjar la leyenda. La temperatura constante en el interior (unos 22ºC ) convertían el túnel en el mejor de los refugios frente a las duras condiciones del desierto (50º C) y Schmidt acostumbraba a vivir y pernoctar, pico en mano, en el extremo más profundo de su obra.
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Interior (detalle) de la cabaña de William Henry Schmidt . Fuente
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‘Burro’ Schmidt se perdió, durante su encierro, la Primera Guerra Mundial , la gran caída de la bolsa y la posterior depresión. Su desgracia y desdicha fue la llegada, en 1930, del ferrocarril para cubrir por el cañón la ruta que él mismo pretendía salvar con su túnel. Incomprensiblemente y herido en su orgullo (el) ‘Burro’ Schmidt continuó 8 años más hasta ver culminado su sueño.
Calculando volumétricamente y a posteriori la cantidad de roca extraída de la galería; los investigadores han concluido que ‘Burro’ Schmidt extrajo en total 5.800 toneladas de piedras; unos 450 kilogramos al día, de media, durante los 38 años que duró tan singular desafío. Más de 70.000 horas de trabajos forzados.
‘Burro’ Schmidt murió en enero de 1954 con 83 años e inconsciente de su hazaña. Su cabaña y el túnel (en medio de la nada) se conservan intactos custodiados hasta hace muy poco por una vieja y enigmática funcionaria del estado que (re)vivió en soledad los viejos fantasmas que asolaron la mente del bueno de Schmidt. Cerca de la (intacta) cabina que construyó Schmidt , la señora Tonie Seger reparte anecdotario mientras se pueden observar los destartalados instrumentos de hace más de 70 años mezclados con revistas modernas y viejos papeles que forran las paredes protegiendo del mismo calor que sufrió en su día el señor William Henry Schmidt alias «El burro».
Un paseo por el «Burro Tunnel» (sonido censurado por vete-a-saber-qué)
«Van a ser trasladados por las SS, esa gran organización caritativa al servicio de los refugiados judíos, así que no tienen por qué preocuparse».
Con estas palabras el oficial y miembro del partido nazi Karl Plagge despidió a los judíos exiliados en el campo de trabajo que regentaba ante la llegada inminente de las fuerzas alemanas de exterminio. El breve discurso de Karl (en presencia de oficiales de las SS) supuso la desbandada y el ocultamiento sigiloso de un millar de judíos que lograron dar esquinazo a sus ejecutores. Sólo conociendo los antecedentes de esta historia puede comprenderse la importancia irónica de aquella breve alocución.
El comandante Karl Plagge. Fuente: vilnaguetto.com
Karl Plagge ha recibido mayores reconocimientos que Oskar Schindler por su pericia e inteligencia en la labor de salvamento y protección de cientos de judíos refugiados en la Lituania ocupada durante la Segunda Guerra Mundial. No sólo eso; Karl luchó, desde dentro, contra la doctrina racista y principios hitlerianos con la inteligencia y sagacidad que le daba su puesto en la jerarquía Nazi. Su armonía con los trabajadores judíos que alistó para su campo explica no solo la famosa ironía que les salvó la vida sino la defensa a ultranza que éstos hicieron en los juicios sumarísimos de la posguerra.
Karl Plagge nació el 10 de julio de 1897 en Darmstadt, Alemania. Fue un veterano de la Primera Guerra Mundial que acabó, por inercia, alistándose en el partido nacional socialista antes de que las medidas antisemitas y exterminadoras copasen su doctrina. Nunca se perdonó tan magno error y siempre reconoció que no pago contribución alguna durante su militancia. Su lucha interna contra los principios del movimiento le trajo infinitos problemas con la autoridad del partido y minó siempre su prometedora carrera.
HKP 562 en Vilnius. El campo de trabajo dirigido por Karl Plagge.Fuente: vilnaghetto.com
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En julio de 1941, en su primer contacto con la segunda gran guerra, el comandante Karl fue destinado al frente oriental al mando de la unidad de ingeniería HKP562, que se encargaba del mantenimiento de las unidades motorizadas terrestres del ejército alemán. Su campo de trabajo y reparación se estableció en Vilnius (Lituania). A su llegada el oficial descubrió con horror la existencia del gueto judío y todas las atrocidades genocidas que, si bien barruntaba, no había contemplado con sus propios ojos. Sintiéndose responsable, en aquel mismo momento comprendió que su misión, bordeando los límites de la traición para no descubrirse, debería encaminarse a salvar a aquellas gentes de la barbarie de su propio partido.
Para todo ello (al igual que el famoso Schindler) el comandante prevaricó de sus obligaciones utilizando los recursos de los opresores para beneficio del oprimido. Karl Plagge reclutó para su ‘taller de reparaciones’ a cientos de judíos rescatados del gueto y empleados a su servicio. Los salvoconductos y certificados otorgaban protección a los trabajadores hombres, sus mujeres y hasta dos de sus hijos. En ellos se resaltaban que eran ‘imprescindibles y cualificados’ especializados en ingeniería y automoción. Algunos de los alistados (como bien reconocería el investigador de las hazañas de Plagge, el doctor Michael Good) «No sabían ni enroscar una bombilla» o «se dedicaban a zurcir malamente las medias de los soldados».
El gueto judío de Vilnius. Detalles de la entrada y su interior. Fuente y Fuente
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Karl Plagge logró completar, en varios meses, más de 250 expedientes que salvaron la vida a más de un millar de judíos rescatados del genocidio y exterminio en el gueto de la ciudad. Pero no puedo evitar que, el 27 de marzo de 1944, durante su ausencia por intendencia, las fuerzas de las SS entraran en su campo y ejecutaron una «Aktion Kinder«; reunieron a todos los niños y los condujeron a la muerte. A su vuelta Karl, envuelto en odio y responsabilidad, trasladó su campo de trabajo sin la connivencia del partido a las afueras de Vilnius y así poder tener más control sobre sus refugiados y las visitas ‘inoportunas’.
En las nuevas instalaciones el comandante se encargaría personalmente de establecer los nuevos protocolos de trabajo y condiciones laborales de sus (esclavos) empleados. Los turnos se redujeron, los trabajos se asignaron según condiciones físicas, las raciones de alimentos aumentaron y , en definitiva, se intentó dar un trato suficientemente justo y humano a los que, paradójicamente, trabajaban por cuenta de sus exterminadores. Todo ello alimentó la empatía de los empleados por su valedor, el comandante Karl Plagge. Además, el nuevo organigrama fue implementado bajo la dificultad añadida de la presencia de soldados y funcionarios alemanes que ejercían el control informativo de las instalaciones.
En el verano de 1944 los soviéticos del Ejército Rojo ya merodeaban a las afueras de Vilnius. La presión que ejercía su presencia sobre las autoridades alemanas se transmitía rápidamente al campo. Los prisioneros sabían que las SS iban a limpiar el campamento antes de entregarlo a las fuerzas aliadas. En consecuencia muchos de ellos se dedicaron a preparar escondites subterráneos o escudriñando recovecos en los barracones para permanecer ocultos durante el servicio de limpieza y así saltarse la temida ‘fumigación nazi’. Pero cualquier escondite era ineficaz sin saber cuando era el momento de utilizarlo. Necesitaban una señal y sólo un hombre podría dársela:
«Van a ser trasladados por las SS, esa gran organización caritativa al servicio de los refugiados judíos, así que no tienen por qué preocuparse»
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Fuentes y enlaces
Un nuevo chivatazo de mi amigo cabovolo generó el interés por esta historia. Me gustó la idea de empezar a contarla por el final, generando la duda por su ironía y así poder ponerse en el pellejo de aquellos que sufrieron y comprendieron bien las palabras de el genial Karl Plagge. Hay que señalar que no todos los judíos ‘captaron’ la ironía del comandante; y un tercio de sus integrantes fueron ejecutados por las fuerzas nazis antes de entregar el campo. El comandante se retiró después de la guerra a su ciudad natal; Darmstadt. Fue juzgado en los sumarios de posguerra pero las declaraciones de cientos de judíos implicados le exoneraron de penas. Murió en paz y tranquilidad en su patria en el año 1957. Homenajeadopost-mortem varias veces por la comunidad judía. Otras fuentes del servicio de documentación aquí, aquí, aquí y aquí (pdf).
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